11 de junio de 2015

Rumores



En estos tiempos de celulares, facebook y twitter, nuestro   barrio prefiere, para considerarse una comunidad organizada, el simple chimento. Efectivamente, esa milenaria costumbre oral nos pone al tanto de las alegrías o sinsabores de los vecinos. Aunque muchas veces parece malicioso, en realidad, es de una ingenuidad incomparable y me permite conocer el pulso del entorno.


Por la mañana escucho la radio para enterarme de las noticias, pero, si quiero saber lo que sucede a mi lado, esas mil y una vicisitudes que por su estatura no llegan a los noticieros, debo apoyar mi oreja en el suelo.


Para ello, por ejemplo, visito al diariero en su kiosco de la esquina. Aburrido, me cuenta de su reparto temprano y al recorrer la lista de clientes me pone al día: que si Clarita ya parió, que si la abuela Juana sigue enferma o a quién le espera una trifulca por no saberse donde durmió anoche.


De regreso también puedo entrar en el almacén, no necesito nada, pero después de una larga elección me llevo unos caramelos que le pago a Doña Ángela, la esposa del almacenero que, cómo dueña, defiende la caja con la avaricia de un banquero y hoy, mientras apasionado, me sirvo un caramelo me informa del desliz de Anita con su novio. La convido con el paquete abierto, pero, exaltada con la narración de los detalles más pecaminosos, los rechaza.


Cuando retorno, me digo que solo hace falta conocer los códigos: poner siempre los ojos grandes por la sorpresa, escuchar atentamente hasta el final (si bien hay repeticiones, nunca se sabe dónde aparece el oro) y, de vez en cuando, sincerar algún pecadillo propio.


Por este sistema subterráneo, cuando llegó el pastor Soldado de Dios Vonminister, la novedad corrió como un reguero de pólvora y produjo tanto humo que nos creímos perdidos en la neblina.


Como en cualquier ciudad de mi región, levantada por inmigrantes, podemos encontrar edificios con fachadas llenas de molduras italianas, otros del barroco español o con las clásicas líneas francesas y techo de pizarras. Aun así, no hay nada igual a la pequeña iglesia anglicana ubicada en la intersección de dos avenidas. Parecía haber sido trasplantada de Nueva Inglaterra o de Massachusetts, con su techo empinado para evitar que se acumule la nieve y su alto campanario central rematado en una esbelta pirámide.


Esa congregación habitaba totalmente ignorada entre nuestro multifacético acervo religioso. No conocíamos a ninguno y siempre habían sido un misterio. Extraños, creían en una milagrosa nevada para ese techo en nuestro tórrido lugar y habían erigido un campanario sin campanas.


Algo cambió y Soldado de Dios (hijo y nieto de pastores), alquiló una casa lindante con mi propiedad. Trasladado desde la provincia vecina, lo acompañaba su esposa (veinticinco años menor) y una campanita.


Cuando llamó a servicio por primera vez, el tintineo de la campanita nos produjo lástima, abusada por las graves y sonoras campanadas de la catedral. Imaginamos su badajo como un colibrí, mientras que los de la catedral nos recordaron a un martillo de Dios.


Vonminister, nos cayó mal desde un principio. Con cara de profeta ofendido, nos encontraba herejes y culpables desde su trono ubicado a la mismísima derecha del Señor. Lo llamábamos “Soldado” para no reconocerle la hidalguía de su apellido (del alemán: Caballero Ministro). Las pocas veces que lo veíamos, parecía tener el brazo izquierdo enyesado junto a una Biblia contra su corazón.


Distinto era el caso de su mujer, joven,  bonita y de un atrayente aspecto que demostraba que Vonminister al menos sabía elegir. Estaba entusiasmada con el traslado y paseaba a su antojo por los comercios del barrio para proveerse.
Su amabilidad y sonrisa contagiosa le granjeó rápidamente la simpatía de todos, incluso la mía, que la saludaba alegre desde la terraza, mientras ella se dedicaba a hermosear su jardín. Cortaba el césped o podaba, rigurosa, las plantas.


Parece que la congregación anglicana, de oculta, casi no existía y a Soldado de Dios le sobraban los sermones. Tanta frustración, hizo que celara a su mujer y sus gritos y amenazas la perseguían, aun cuando solo salía a comprar el pan.


 Su iracundia fue en aumento y hasta yo, en mi casa, oí aquel cachetazo de furia cuando le chantó que había pedido el traslado de nuevo. Unas semanas después los gritos cesaron. Soldado de Dios Vonminister había desaparecido junto con su señora y su campanita. Recostado sobre el barandal de la terraza, pienso que el traslado ha sido la mejor solución.


Sin embargo, pasados unos meses, me inquieta ese último cantero de rosas de dos por uno que ocupa el centro del que fue su jardín. Los gajos han crecido de una forma tan voraz, que sospecho de su abono y ya empiezan a florecer con un oscuro color a sangre.


Carlos Caro
Paraná, 20 de mayo de 2015 
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8 comentarios:

  1. Un relato atrapante!!. El lector se "deja" llevar por ese vreicueto increíble de descripciones, con la plasticidad del recurso retórico, siempre listo y preciso!, para que no sólo leamos , sino, que a esta actividad , le sumemos la de visualizar, lo que leemos!!. Reitero, atrapante!!.
    Y, qué desenlace! que desde lo ímplícito, instala definitivamente la justificación de su título:"Rumores". Para leer...para disfrutar!!

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    1. Gracias Susana, ¿en serio? Me apabullas. Un beso

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  2. Muy buen relato Carlos.
    En España tenemos nuestra versión de "radio macuto" que es el patio de luces donde la gente sale a tender la ropa y cotillear.
    Un abrazo

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    1. Pues te lo envidio Oscar, eso aquí se ha perdido. Gracias y un abrazo

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  3. Tu cuento tiene el sabor de los pueblos de antes, cuando todo el mundo se conocía Me encanta el final en el que las rosas de color sangre lo sugieren todo. Un abrazo

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    1. El problema no son los pueblos, yo soy el de antes jajaja. Gracias Ana María, un beso

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  4. Brutal. Para nada me esperaba ese oscuro final. Me has sorprendido, por la temática. En un principio solo se trata de un relato que narra la vida en un pequeño pueblo, donde los chismorreos, los rumores, siempre viajan por las calles. A este pueblo llega un nuevo cura, al que nadie quiere. Un hombre con un carácter duro que tiene como esposa una bella mujer alegre. Pero de pronto, el cura se ve frustrado y lo paga con ella. Nuestro narrador, el cual vive en la casa de al lado a la que se mudaron, nos cuenta que oía cómo discutían y que de un día para otro, el ruido cesó y cura y esposa se largaron de allí. Vale, hasta ahí una historia sin ningún secreto, con un personaje muy bien construido del que sentimos un ligero odio y desprecio. Pero, un momento, te guardabas algo bajo la manga, algo horroroso, y lo resuelves con sutileza y una tanto de humor negro. Un abrazo, Carlos.

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    1. Ricardo, es un placer que me comentes con tanto detalle. Nada mejor para saber como llega y que llega. Gracias, un Abrazo.

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